Historia

El 19 de marzo de 1880, un incendio ¨redujo a cenizas la parte más importante¨ de Samaná. Motivado indudablemente por ese siniestro, el 8 de mayo del mismo año, el presidente Gregorio Luperón ordenó la creación de compañías de bomberos tanto en Samaná como en las ciudades de Santo Domingo, Azua, Puerto Plara, Montecristi, La Vega, Moca, Macorís, Cotuí, El Seibo, Baní y Santiago. El 5 de octubre de 1880, el presidente Fernando Arturo de Meriño reiteraría idénticamente ese mandato presidencial, pero, al menos en el caso de Santiago, ningún de los decretos se implemento.


Ciertas alternativas se plantearon entonces en los años subsiguientes. En 1881, el presidente del ayuntamiento, Dr. Eusebio Pons Agreda, planteó la compra de una bomba contra incendios en Estados Unidos, pero su propuesta no repercutió más allá del papel. Dos años más tarde, el 9 de septiembre de 1883, un incendio de grandes proporciones consumió la casa comercial de José Batlle y fueron más de 200 ó 300 personas las que lucharon en vano por detener el fuego y salvar las mercancías. Dos días antes, un incendio en la casa de Gabriela Tavares Vda. Olavarrieta, que amenazaba con extenderse a los vecinos alambiques de Manuel de Jesús Tavares, había sido sofocado. Esta vez, con dos incendios tan seguidos, la conciencia general sí despertó: un ciudadano, Esteban Díaz, sugirió al ayuntamiento días después en un suelto en la prensa establecer depósitos de aguas y bombas en lugares públicos para prevenir futuros incendios, y un miembro del ayuntamiento propuso que éste adquiriese 200 quintales de zinc para venderles a precio de costo, ¨como medio indirecto de ir desterrando las techumbres de yaguas, que tan amenazantes son en los incendios¨.


Concomitantemente, se implementaron varias medidas: se resolvió aumentar el cuerpo de serenos ¨en cuatro números más¨, fijándose para su pago una contribución mensual de quince centavos por cada casa de familia comprendida en el radio formado por las calles de La Barranca (hoy Boy Scout), La Altagracia (hoy General Luperón), El Coco (hoy Independencia) y Los Portales (hoy Benito Monción); se decidió que todo dueño de alambique dentro de la ciudad los colocase en espacios de mampostería techados de zinc, y se ordenó que la parte de las panaderías donde se colocase la hornalla estuviese construida en esos materiales, pudiendo ser los demás ¨setos¨ en madera. La disposición más importante fue la orden de comprar una bomba para incendios al señor Miguel Andrés Pichardo y adiestrar algunos agentes de policía y serenos en su manejo. La bomba se adquirió en 1884, pero no fue usada y el auxilio ante este tipo de desastres continuó estando sujeto a la intervención de la población, a la extracción de agua de los aljibes mediante bombas y a la alarma dada por los miembros del ¨orden público¨, movidos por los toques de corneta o diana y ¨firme!¨ en la fortaleza San Luis y ¨a fuego¨ repicados por las campañas de las iglesias. La sustitución de la yagua por el zinc como techumbre fue vista entonces como la mejor forma de erradicar su continua ocurrencia.


La necesidad de la creación de un Cuerpo de Bomberos renacería en firme en 1892. El 30 de noviembre de ese año, el ayuntamiento resolvió su establecimiento de común acuerdo con el gremio comercial, para lo cual se abrió una suscripción para la compra de tres bombas. Ya fuese coincidencia o un hecho fortuito, en la madrugada de ese mismo día se desató un incendio en la ciudad.


La ¨Junta de Comercio¨ delegó en Augusto Espaillat la adquisición de los equipos convenidos. Este mandato tardaría cerca de un año en materializarse, pues las dos primeras bombas y los primeros cubos llegaron a fines de octubre de 1893.


Teniendo a mano estos utensilios, la Comisión de Bombas o de Instalación, compuesta por los señores Augusto Espaillat, Dr. Alejandro Llenas, Teodoro I. Portilla, Arturo Díaz, Augusto González, José María Benedicto, Onofre de Lora, Eugenio González y Tomás Pastoriza, convocó a los voluntarios a una reunión constitutiva en el Teatro Palmer el 13 de noviembre de 1893. Aclamados por 109 votos, resultaron electos para la plana mayor Carlos Sully Bonnelly, primer jefe; Teodoro I. Portilla, primer suplente; Teodoro Gómez y Onofre de Lora, segundos suplentes, y Emilio Cordero, tercer suplente. Gómez y Portilla, junto a Arturo Díaz, Alejandro Llenas y José Nicolás Vega fueron designados como jefes de brigada. Otras decisiones tomadas en la ocasión fueron la designación de una Junta de Contribuyentes para la compra de equipos y la fijación de una matrícula de 125 voluntarios para su constitución.


El proceso constitutivo quedó completado con la aprobación dada por el gobernador Pedro Pepín, la sanación de un reglamento sobre deberes y obligaciones de sus miembros, el dictamen de una resolución que ordenó el cierre de todos los establecimientos comerciales e industriales de la ciudad desde que se diera y mientras durase una señal de incendio y la construcción de un departamento en el mercado público para el depósito de las bombas y demás útiles.


La instalación formal del Cuerpo de Bomberos tendría efecto el 27 de febrero de 1894, celebrándose con motivo de ella una misa en la Iglesia Mayor – acondicionada para tal fin, pues todavía estaba en construcción – y un brindis en el almacén de Augusto Espaillat. Para enero de 1895 ya se encontraba en un nuevo local en la calle de La Rosas (hoy 16 de Agosto), en el cual los bomberos practicaron esgrima y ejecutaron ejercicios gimnásticos. El 20 de junio de 1895, su eficacia fue puesta a prueba en el incendio – acaso el primero que combatió – que afectó la botica de Arturo Díaz Saul, frente al casino de Gil Pepín, en la calle de Las Rosas. Dicha botica estaba muy próxima a su sede, pues el siniestro destruyó su naciente archivo.


Entre 1895 y 1896 se sucedieron hechos que reforzaron su capacidad organizativa, como parte de un proceso en el cual tuvo un papel preponderante el presidente Ulises Heureaux, quien el consejo de oficiales designó el 15 de septiembre de 1896 como presidente honorario, ¨en vista de los muchos y decididos servicios que le ha prestado¨. La adquisición de mangueras, bombas y cubos, pedidos a Nueva York y París, se completó en ese lapso, llegando a contar, en agosto de 1896, con un parque operativo compuesto por 10 carros (o sea, 4 bombas), 4 carros de agua, un carretel y un carro de salvamento. Para principios de 1895 ya se gestaba su banda de música, bajo la instrucción de Pedro Bustamante y la dirección honoraria del maestro José Feliú. Esta banda, que ya acompaño los ejercicios, revistas, paradas y honras fúnebres del cuerpo.


En 1896 se le habilitaría un local en la plaza del mercado, construido con fondos públicos, y sus integrantes serían provistos de un uniforme pedido a París, con lo cual se acentuaría su sentido de pertenencia institucional. El uniforme, en fuerte azul y ¨bastante fino y muy elegante¨, estaba compuesto por un casco de latón con plumero, un dolmán de paño con botones de plata y un pantalón azul gris con franja roja. La banda de música del cuerpo se distinguía por un kepis tocado por una insignia en forma de lira. Pese a que el Cuerpo de Bomberos llenó una sentida necesidad comunitaria, su desempeño estuvo limitado en forma fundamental por la inexistencia de un acueducto: los bomberos, sonando pitos como señal de alarma, debían arrastrar los carros hasta el lugar del siniestro, después de llenarlos en el río con una bomba o surtirlos en los aljibes existentes en viviendas como las de Mr. Palmer, Domingo Ferreras o la familia Gonzáles.



Por: Edwin Espinal Hernández